La receta de la escritura

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Una de las grandes complejidades de la cocina es el tema de las cantidades.
Ya pueden tener en sus manos la receta del mejor pastel de manzana del mundo, pueden saberse a la perfección los tiempos de cocción, cuántas vueltas deben darle a la masa, el número exacto de rodajas de fruta… pero si finalmente se les va la mano y echan más azúcar del que deberían, el resultado es un pastel intragable. Las cantidades son importantes, y no solo en el mundo de la cocina.
No hay una receta para el libro perfecto. Ni siquiera unos ingredientes que garanticen el éxito. Cada autor elabora su propia receta y tiene sus ingredientes personales. Algunos querrán añadir un poco más de misterio a su receta, otros una pizca de humor o una cucharadita de drama. Ahora bien, en los últimos tiempos he visto demasiado a menudo cómo a muchos escritores de literatura juvenil se les iba la mano con el azúcar. Y eso no es necesariamente malo: en ocasiones ya apetece leer una historia bien romántica con la que suspirar durante su lectura.
La historia ya estaba pensada para ser ofrecida como un romance, así que cumple con su cometido. El problema viene cuando en un libro el romance debería ser un segundo plato y acaba robando excesivo protagonismo a la trama
principal, que finalmente queda totalmente eclipsada.
Además, y por desgracia, normalmente dichas tramas románticas acaban cayendo en el romance prefabricado que todos hemos leído ya hasta la infinidad en mil y un libros diferentes: chico misterioso y peligroso, chica sosa y aparentemente sin ningún atractivo (pero que «sorprendentemente» acabará llevándose a todos los guaperas del libro), triángulos amorosos sin ningún tipo de misterio, amores condenados… Y ya digo, no censuro este tipo de romances (aunque a veces pediría algo de originalidad a los autores de literatura juvenil), siempre y cuando no entorpezcan la trama principal del libro en cuestión. Pues, por desgracia, he visto cómo muchas historias partían de una base tremendamente original y prometedora y, sin embargo, dicha trama ha acabado perdiendo presencia y fuerza a favor de un romance falto de emoción y originalidad. Y que conste que lo dice una lectora a la que le gusta encontrar amor en los libros, siempre que sea en su justa medida.
Es importante conocer las exigencias de la historia que se tiene entre manos. Hay veces en el que el romance no tiene cabida. Y ya está. Un libro no será peor si la protagonista (o el protagonista) no suspira de amor por alguien, pero sí que lo será si intentamos meter con calzador un romance que no viene a cuento. Y si deciden que su historia debe tener una trama romántica secundaria, por favor, controlen las cucharadas de azúcar y las gotitas de clichés que añaden.
Ya saben lo que decía la señorita Mary Poppins: «con un poco de azúcar…»
Publicado en el número 1 (octubre, 2012).

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