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Crecer Leyendo

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Cuando un bebé llega al mundo lo hace indefenso. No tiene la visión desarrollada, es incapaz de mantener erguida la cabeza, no tiene fuerza muscular y todavía tardará unos meses en completar su desarrollo. No hablan, solo lloran. Esa es su forma de comunicarse. Tienen hambre, lloran. Les duele la tripa, lloran. Necesitan cambio de pañal, lloran.

Pero con el transcurso de los meses, un día, sus padres se emocionan como locos. Seguramente lo grabarán con el móvil, lo publicarán en el Facebook: «Ha dado sus primeros pasos». Si acompañamos a un niño en sus primeros pasos por la vida, ¿por qué no en sus aventuras literarias?

La literatura infantil y el desarrollo integral 

Limitar la literatura infantil a una mera distracción sería limitarla. Es cierto que su principal función es ofrecer momentos de disfrute y placer, pero es mucho más. Todos sabemos los beneficios que nos aporta la lectura a los adultos pero muchos infravaloran aquellos que puede ofrecer a los más pequeños.

Crea lazos afectivos con los adultos, fomenta valores, es un vehículo para relacionarse; en pocas palabras, la literatura infantil ayuda al niño en su desarrollo afectivo y social. Asimismo, en esas ocasiones en la que la palabra se convierte en melodía, en movimiento, contribuye a su desarrollo en la expresión musical y corporal.

Estimula su curiosidad, se adapta a la realidad y la comprende, lo que, en definitiva, ayuda en su desarrollo cognitivo. La literatura infantil contribuye al desarrollo integral del niño y es labor del adulto (ya sea familiar o profesional) ponerle en contacto con el mundo de las letras desde su primer latido.

¡Mamá, cuéntame un cuento!

Sí, mamá (o futura), cuéntale un cuento, pero hazlo desde el primer momento en que veas a tu garbanzo. Una de las cosas que reconocen los bebés al nacer es el olor de su madre, el sonido de su corazón, su voz. Esa voz es capaz de calmar el miedo más atroz, es la voz de la esperanza, de la seguridad; es la puerta a mundos fantásticos. Aunque creas que no te escucha, háblale. Cuéntale una historia. Puede que no entienda lo que dices, pero algún día lo hará y asociará ese momento al mejor de sus recuerdos.

Cuando nazca y le regales ese primer libro no tengas miedo de que lo muerda, lo chupe, lo manosee… es su forma de descubrirlo. Déjale que experimente. Déjale que se emocione con los colores, con los dibujos, con las texturas. Fíjate en cómo te mira cuando lees los garabatos que hay escritos y que, un día, serán palabras en sus labios.

Sí, mamá, cuéntale un cuento. Hazlo siempre a la misma hora, justo antes de dormir. Para que sueñe, para que esa rutina evolucione a costumbre, a necesidad, a adicción. Cuéntale un cuento siempre que te lo pida. Nárralo con cariño, con ternura, con pasión…

Y si tiene una historia favorita, ¡cuidado! No cambies ni una coma (pero de cómo narrar un cuento, hablaremos otro día).

De mayor seré lector

Puede que lo sea o puede que no, pero no debemos olvidar la importancia que tiene la literatura en la vida de los niños. Desde los libros que no son literatura a los que, poco a poco, sí lo son. Hay que estimular a los pequeños sin forzarlos. Dejad que elijan el libro que quieren leer, que lo disfruten a su manera, que la lectura sea su pasión y no una obligación que le condena a un comentario de texto al finalizar o, peor, a un examen.

Continuará…

 

Texto: Maite Belda

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