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Andrea Tomé: Reflejos

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A. Tomé

Andrea Tomé, autora de Corazón de Mariposa nos encandila con este relato en exclusiva para OTR, ¡a leer!.

+Reflejos

Nuevamente no sé quién soy. Camino como desorientada, haciendo acopio de mi valor y de las fuerzas que me faltan, y me detengo en las avenidas ya crepusculares de Hanói. Desde el interior de una tienda, como un eco que parece venir del interior de la tierra, suenan las primeras notas del Invierno de Vivaldi. Algo en mí se acciona. Permanezco anclada al pavimento y no puedo respirar. Un día más, soy víctima de mí misma. Pero no puedo dejar de escuchar; ni siquiera puedo moverme o hacer notar al mundo que sigo viva. Con cada pizzicato se rompe algo de mí y, sin embargo, es un dolor tan dulce…

Fuego. Pólvora. Destrucción.

La percusión de los violines trae consigo imágenes desdibujadas, rostros muertos, nombres caídos en el olvido. Me llevo la mano al pecho, recorriendo con los dedos las marcas abultadas de mis cicatrices.

Fuego. Pólvora. Destrucción.

Un denso olor a ceniza se instala en lo más hondo de mis fosas nasales y al instante sé que no podré huir de él, de ellos, de los fantasmas. Los edificios industriales, tan llenos de promesas, de pronto caen ante mí como castillos de naipes. La ciudad entera da vueltas en círculos, formando un compendio indescifrable de luces alargadas y cegadoras. Pero no importa, porque ya no estoy aquí sino allí.

Trang Bang, Vietnam, una tarde de junio. El primer recuerdo que me viene a la cabeza está formado únicamente por las manos nudosas de mi abuela, abotargadas como un murciélago viejo sobre mi hombro. Mantiene allí ese peso muerto e inútil, cubriendo el espacio vacío entre el chelo y yo. El arco no frota las cuerdas. En la radio, colocada sobre el alféizar de una ventana desde donde se ve caer el sol como la miel, se oye el Largo del Invierno. Yo no tocaba. Movía el arco en el aire, a apenas unos milímetros del mástil del instrumento, sin emitir sonido alguno. La magistral interpretación de los miembros de la Academy of St Martin in the Fields impregnaba cada pequeño rincón de nuestra sala. Mientras, mis familiares aguantaban la respiración, produciendo una serie de molestos zumbidos que empañaban el concierto.

Fuego. Pólvora. Destrucción.

En mis memorias se cuela un nuevo elemento entre fa y do. El rugido ensordecedor de las explosiones resuena ahora tan claramente en mis oídos como si realmente formase parte de la composición de Vivaldi. Es como un tambor, no, un gong que, sin pedir permiso, se infiltra en el Invierno. Ya no puedo concebirlo sin las bombas.

Fuego. Pólvora. Destrucción.

Oigo el violín solista y los gritos de mi padre. Veo la cornisa de la ventana arder, creando un círculo rojinegro alrededor de nuestra radio, y a mi madre llorar y abalanzarse sobre mí. Siento mi violonchelo desplomarse frente a mis rodillas, dobladas en un ángulo peligroso, y el escozor intenso y puntiagudo de mis quemaduras.

Mi familia, tan llena de salud, cae como un castillo de naipes.

Y la música sigue sonando. Concierto nº 4 en Napalm menor para violín y muerte. Tan notorio, tan fuerte. No se ha ido.

Aun hoy, cuarenta años después, me estremezco al escuchar la obra de Vivaldi. Es hermosísima, es brillante y, pese a todo, me da miedo. La sangre y el humo y el veneno la acompañan y aun con todo eso no puedo dejar de maravillarme. Sí, el Invierno está marcado por la tragedia y el odio pero en mi cabeza lo asimilo también a los tiempos dorados que los precedieron, personificados en las manos como murciélagos de mi abuela. Por eso, cuando oigo nuevamente el arco de un violonchelo interpretando el Largo, siento crecer y juntarse en mi interior las ganas de continuar con mi vida. Por irrazonable o sorprendente que parezca.

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One thought on “Andrea Tomé: Reflejos”

  1. Soraya dice:

    Ojalá que todos disfrutéis de este relato tanto como lo hemos disfrutado en la redacción, ¡feliz lectura!

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